Despertando del sueño, por el camino hacia ti
No lo diré dos veces, cuando escribo, escribo aunque duela. Hoy, por alguna extraña razón duele escribir, duele hasta que escribo que duele escribir, entonces el dolor se calma. Por la misma razón, vuelve a doler. -Adendum: tuve que escribirlo dos veces porque en la primera, no se publicó.
Dentro del mismo sueño otra vez, ví la figura del poeta caer en la desesperación y dentro de la misma encontrar el verso del amor, un amor de ideas y rimas solamente, tal vez:
No es por el juego
ni es que otra ves sea lo mismo
sino saberse desde siempre vencido
y aún no haber olvidado
que tuyo soy Dios mío.
"El emperador soñó que era una mariposa...", o al menos así comenzaba el cuento
que recuerdo haber escuchado alguna vez. En aquella ocasión, si mi memoria no me engaña, encontraba por primera vez algo del mítico poeta Li-Po, su autor. Por eso, al despertar de mi intranquilo ensueño lo primero que hice fue buscar en internet el original (http://www.google.com.mx/search?gcx=w&sourceid=chrome&ie=UTF-8&q=li+po+el+sue%C3%B1o+del+emperador).
En la tercera posición encontré un escrito enviado por Omar Nestor de Nápoli, cuyo nombre hizo recordar a Omar (otro como yo que vivimos con la libertad de no cuidarnos del celular, pero que por lo mismo, a veces perdemos amigos)
. Copio y pego lo de Omar Nestor, porque me parece que dice algunas cosas que a ambos nos atañen:El nenúfar azul
Después de la "gran corrupción" surgieron las doctrinas del Tao, "lo absoluto, la causa principal de todas las cosas". Lao –Tsé, filósofo chino del siglo VI-V (antes del Calendario), fue el predicador del amor virtuoso y del rechazo al elogio del saber, porque era la causa final del deseo y de todos los males. Contemporáneo del maestro K"ong y del príncipe Gautama, sumó así una más, a las principales creencias religiosas de la China Imperial que aún perduran. Ajeno a la violencia de las invasiones, al apogeo y perigeo de las dinastías sinoístas, cuyos emperadores se jactaban de la cantidad de cabezas cortadas durante sus imperios, y del "no ser", apareció diez siglos después, Li T"ai-po, Li Po, Li T"ai Pe, Li Pe o Li T"aibai, tal la secuencia de nombres para quien iba a ser uno de los principales poetas de la época de oro de la literatura china, en donde también descollaron Wang Wei, He Chib-chag y Tu Fu (el poeta sabio). Pero Li Po, resultó el mejor difundido en Occidente por la traducción y análisis de sus cuantiosos poemas, merced a la tarea de críticos de diferentes países, incluso de la propia raza. Nació cerca de la frontera de Mongolia (688), en Kiu Chen (provincia actual de Sichuan), en un hogar de mediana nobleza, pues sus ancestros descendían del emperador Wu-ti, de la dinastía de los Siang-si. Ello no impidió que estudiara literatura en la entonces capital nacional Changan (hoy, Xi"an) y se encontrase e hiciera amigo de Tu Fu; los dos abandonaron los estudios, se dedicaron a la vida errante y a vagabundear por pueblos y montañas, escribiendo versos. En especial, Li T"ai Po, que contagiado del aire taoísta buscó la soledad en las alturas, desde donde contemplaba la naturaleza, extasiado por el lerdo deslizar del firmamento y fuente de su genio poético.
Tampoco olvidó a su amigo de andanzas:
A TU FU
En la colina del Arroz Cocido encontré a Tu Fu.
Era el tórrido mediodía y llevaba un sombrero de bambú.
Dime: ¿Cómo es que has adelgazado tanto?
¿Sufres acaso de poesía?
Célebre ya por el título de "Nenúfar Azul", con el que lo distinguió la popularidad, alguna vez bajó a mostrarse en la Corte Imperial y obtenido favores del emperador-mecenas Hiuan-tsong (Dinastía T"ang -familia Li-), que lo introdujo en la famosa Academia Han-lin y, lo absorbió la realeza cortesana. Fue el poeta elegido para glorificar a la Nobleza y varios de sus versos se ocuparon de ensalzar a la bella Yang-Kuei-fei, amante imperial:
El príncipe escoge las jóvenes que le acompañarán
Entre las concurrentes que se apresuran por todas partes.
¿Cuál es la más hermosa?
La golondrina voladora que habita en el palacio.
.......................
Cuando termina su canto y sus danzas
Temo se transforme en una nube multicolor,
Y suba al cielo.
........................
La nube se parece a su vestido
Y la flor a su cara
.........................
Al poco tiempo, las hordas mogoles reiniciaron la guerra y Li T"ai Po no pudo estar ajeno a las penurias de su pueblo:
La gran muralla que separa China del gran desierto
Serpentea hasta el infinito.
A uno y otro lado de la frontera
Ya no subsiste hoy ninguna ciudad.
Aquí y allá yacen huesos humanos esparcidos
Que parecen expresar su odio eterno.
Arrancados de sus hogares, trescientos mil hombres
Lloran diciendo adiós a sus familias.
Ya que el príncipe ha dado la orden, hay que obedecer.
¿Pero cómo podrán cultivarse los campos?
El lujo de la corte y la miseria popular, no condecían con los tesoros acumulados por la familia de la amante del Imperio y entonces, estalló la revuelta en la capital Tch"ang-ngan. El emperador, no tuvo otra salida que la de huir con Yang Kuie-fei y los soldados de la guardia; pero en el camino, estos se amotinaron y exigieron la cabeza de la favorita. Hiaun-tsong dejó que se la llevaran y pronto, aquellos cegaron el fino tallo.
Tu Fu, llorará por Li Po:
"¿En dónde están ahora aquellas pupilas brillantes y aquellos dientes nacarados?
La sangre mancilla el alma que no volverá jamás.
¡El soberano y la favorita no se volverán a ver!"
El ilustrado emperador, cuándo envejecido, se consolará con su "Canto de las marionetas": Las marionetas se tallan en la madera con cuerpos de ancianos; se las mueve con hilos; con la tez arrugada y los pelos blancos se parecen de verdad. Pero una vez terminada la escena, quedan las marionetas inmóviles. Tales los seres humanos que atraviesan la vida como un sueño.
Para el poeta, la vida continúa; las mujeres y el vino embriagante, lo devolvieron a la vida rebelde y peregrina, de las que no se apartará jamás. Las intrigas y el licor, lo condenaron a una existencia inspirativa, fruto de sus poemas bélicos, elegías, cantares báquicos y pastoriles. Nadie como él cantó a la belleza de la tierra y del cielo, a medida que se despojaba de la realidad para nutrirse con la magnitud de las altas cumbres. Fue un lírico, de delicada sensibilidad hacia las bondades que hallaba a su paso y consustanciado con las expresiones bellas y de ritmo agradable; por eso, hacía largos viajes con la esperanza de reunirse algún día con "los moradores del cielo".
Y agregaba "Esta noche me quedo en el templo de la Cima (la montaña Min). Allí podré tomar las estrellas con la mano, pero no me atrevo a turbar con mi voz este silencio porque tengo miedo de molestar a los moradores del cielo... Miro en la lejanía a los inmortales que cabalgan sobre las nubes hacia la celeste ciudad de Jade con un manojo de flores en las manos...Los hombres que de corazón son poetas aman las montañas...Tu me preguntas por qué vivo entre las montañas. Sonrío, pero no puedo contestarte... Mi mente está tranquila. Como una flor de durazno en un arroyo, me siento transportado como por un hada a otro cielo y otra tierra, más allá del mundo de los hombres". (Pláticas en la montaña)
Asimismo, tenemos el producto eufórico de sus bebidas y el estado contemplativo entre la realidad y la irrealidad, alucinado por el taoísmo y el licor:
AUTOABANDONO
Me senté a beber y no advertí el crepúsculo.
Hasta que los pétalos que caían llenaron los pliegues de mi túnica.
Ebrio, me levanté, dirigiéndome al arroyo iluminado por la luna.
Los pájaros se habían ido
Y también los escasos hombres que quedaban.
BEBIENDO SOLO BAJO LA LUNA
Un recipiente de vino entre las flores.
Bebo sin compañero.
Alzo mi copa invitando a la luna.
Con mi sombra, somos tres.
Aunque la luna no sepa beber,
Aunque mi sombra sepa solo seguirme.
Son mis amigas de un instante.
Para alcanzar la alegría hay que apoderarse de la primavera.
Canto, la luna se pasea.
Bailo, mi sombra titubea.
Antes de la ebriedad nos alegramos juntos.
Cuando ella llega nos separamos.
Así me reúno con las amigas insensibles.
Cuando la luna me espera en el cielo.
Su amistad con el revolucionario general An Lu-san lo condenó durante dos años al destierro en el norte desértico del país y no por eso dejó enmudecer la lira y verter nuevas poesías:
CAZA
Los hijos de la frontera
Ignoran los libros toda su vida.
Saben solamente cazar, orgullosos de su agilidad.
En otoño, cuando sus caballos engordan
Montan en silla con silueta altanera.
Sus látigos de oro azotan la nieve.
Medio ebrios, parecidos a sus propios halcones,
Van hasta el fin de sus campos.
Tienden el arco hasta que casi es un círculo y jamás yerran.
Silba una flecha, caen dos grullas negras.
Al borde de los lagos quienes los ven se espantan.
Su ferocidad y su bravura llenan el desierto.
Encerrado hasta la vejez tras las cortinas.
¿Equivaldrá el letrado al jinete?
LOS CUERVOS
Sobre las vetustas murallas de la ciudad
Vuelan amarillas nubes de polvo;
Los cuervos pasan en ruidosos tropeles,
Las nubes están paradas, mudas en el firmamento.
La joven esposa del guerrero, entre temores y esperanzas,
Espera sola en su aposento,
Mientras los gritos de los cuervos, cual afiladas espadas,
Le atraviesan el dolorido corazón.
¡Ya hace tanto tiempo que espera en vano
La vuelta del esposo amado que se fué a la guerra!
Sus lágrimas fluyen y caen en su regazo
Cual una lluvia de diamantes.
Nuevamente atrapan al poeta las visiones impresionistas, tal cual deducimos de:
MARINA
Muy de mañana, camino errante por las orillas del lago T"ong-t"ing.
Paseo mis miradas y ningún obstáculo obstruye el horizonte.
El lago, extendiendo sus aguas durmientes y límpidas,
Es, verdaderamente, un paisaje otoñal
De aspecto glacial y melancólico.
Sin embargo, la atmósfera es transparente,
Las montañas azules se confunden con los bosques.
Una vela aparece poco a poco en el horizonte lejano
Y vuelan los pájaros al romper el alba.
La brisa se levanta en la orilla por el lado de Tch"ang-cha
Y la escarcha blanquea los campos
En otras, es el tono de las enseñanzas proféticas, a veces desesperado, o como una forma de evasión hacia el porvenir incierto, lo que descuella de sus poemas:
El río Amarillo corre hacia el océano del Este,
El sol desciende hacia el mar del Oeste.
Como el tiempo, el agua huye para siempre.
¡No detienen jamás su carrera!.
.....................
¡Oh! ¡Si pudiera cabalgar un dragón celestial,
Para respirar la esencia del sol y de la luna
Y poder ser inmortal!
......................
El sol y la tierra se apagarán;
La tierra se convertirá en cenizas.
Tú, si no tienes que vivir mil años,
¿Por qué te quejas de que la vida es corta?
.........................
Tocaré sobre el k"in la tonada de los pinos agitados del bosque,
Levantando mi copa invitaré a la luna.
El viento y la luna serán mis amigos eternos.
Mis semejantes de aquí abajo no son más que amigos efímeros.
.....................................................
En memoria de la muerte de Li T"ai Po se erigió un templo y en él se grabó el siguiente epitafio: "¡Gloria a Li-T"ai-Po, el inmortal desterrado en la tierra! Cantar sus poemas y llenar de vino su copa, he aquí las obras de su vida...Sus poesías brillarán en todo el imperio como la media luna. ¡Por eso no digáis que las obras del poeta de genio pasan y se borran, puesto que la luna brillante está aún suspendida por encima de las orillas del río Tsay-Thy!"
Nunca habrá imaginado, que los "amigos efímeros" no le olvidarían y que su memoria iba a permanecer por siglos y siglos junto a ese río, el mismo río, en donde una noche del año 762, desde un bote, él se inclinaba para abrazar el reflejo de la luna en las aguas y, borracho, se hundía para siempre, cubierto por las hojas flotantes y hermosas flores de los nenúfares, parecidos a aquellos vistos en los estanques, cuándo rodeado del desenfreno de las fiestas palaciegas.
Alusiones
El poeta He Chib-chag (659-744), lo llamó "un dios en el destierro", por la virtualidad de sus poesías.
Tu Fu (712-770), el sabio poeta, lo encontró en Shantung, se hicieron amigos y fue compañero de Li Po en el acercamiento y recorrido de pueblos y montañas de China.
El estadista y reformador religioso del siglo XI, Wang Han-shi había dicho: "El estilo de Li-Po es ágil y lleno de vida, pero nunca descuidado. Su punto de vista es, sin embargo, bajo y sórdido. ¡En nueve de cada diez de sus poesías no habla más que de vino y de mujeres!"
Para otros críticos, no fue un poeta didáctico, sino "un realista sensual" que retrató el mundo exactamente como lo hallaba, "tomando la belleza como guía".
El erudito Sung Ming-ch"iu, primer compilador, publicó en 1080 alrededor de mil ochocientas composiciones del poeta, de las casi veinte mil que se supone había creado y que se perdieron durante el levantamiento que costó la vida a la amante del emperador Hieun-Tsong.
Según Arthur Kristy, en "Images in Jade" (Imágenes de Jade), "Li Po es un poeta aventurero, pero sensitivo y profundo...Un hombre con momentos de gran exaltación y profunda depresión, amante de la belleza por ella misma, aunque fuese sólo la belleza de un momento".
En 1759, K"ien-long (1735-96) uno de los grandes emperadores manchúes y propulsor del renacimiento artístico en su patria, mandó hacer una edición de los "Poemas" de Li.
Oliver Wendell Holmes (1809-94), médico, poeta y ensayista norteamericano, comentó que los lugares en los cuales Li T"ai Po se asentaba, no eran simplemente de "una tranquilidad tonta y amable, sino verdaderos paraísos en donde sólo moraban los Inmortales".
También hubo traducciones de sus obras en "Poèsies de l"epoque des Thangs", por el marqués y profesor de idioma chino, Hervey Saint-Denis (París-1823-1892); en "Chinese Poetry" y "The civilization of China" (Londres-1898-), por Herbert Allen Giles (1845-1935), y Karl. A. Florenz (1861-1942), lingüista de la Universidad de Leipzig (Sajonia), con su versión alemana de poesía china, editada en Tokio (1899).
Finalmente y para no agotar la capacidad lectora, transcribiremos el comentario del literato e historiador francés Federico Lolièe (1856-1915): "Li Tai-Pe, fue el melancólico soñador, el hermano espiritual y precursor de los persas Kayyan y Hafiz, la más elevada ilustración del reinado del emperador Hinam-Tseng, y aquel, en fin, que se llamó -el inmortal desterrado en la tierra-..."
Nota:
Para la realización de este trabajo se han consultado: "Historia de las literaturas comparadas", de Federico Lolièe (París-1899); "China", revista editada por el Servicio Informativo de China (Bs.As.marzo-1947-); Historia de China, de René Grousset (Luis de Caralt-1958-Barcelona-) y distintas enciclopedias (española, francesa e inglesa).
Autor
Omar Néstor De Nápoli
Abril 2009
Otro escrito de Omar Nestor:
La fiebre amarilla en Buenos Aires – 1871
Antecedentes y sucedidos
Terminada la guerra de la Triple Alianza en 1870, el brote asomó en Paraguay y luego en Corrientes (murieron cerca de dos mil, de sus once mil habitantes y se lo atribuyó a los prisioneros llegados a la ciudad mediterránea).
Al comienzo, se discutió respecto a la gravedad de la peste y se la mantuvo en secreto debido a las divergencias entre los dictámenes médicos, porque algunos descartaban que fuese “Fiebre Amarilla” y otros no, como los doctores Eduardo Wilde, José Penna, Leopoldo Montes de Oca y Guillermo Rawson, entre los renombrados, hasta que en marzo de 1871 la peste invadió los alrededores del Riachuelo y se extendió a San Telmo y al bajo Belgrano, dejando una secuela de muertes que llegaron, de diez o veinte por día, a casi seiscientas. Se culpó, en principio, a los inmigrantes italianos, muchos de los cuales fueron expulsados de sus empleos y vagaban por las inmediaciones (en aquella época no existía el “asistencialismo colectivo”). Una conocida empresa de viaje vendió más de cinco mil pasajes a Europa.
Ya el viajero francés H. Armaignac, que visitó el país en 1868, decía "que los saladeros establecidos cerca del Riachuelo de los Navíos arrojaban al agua los trozos sangrantes de sus faenas”. “La Nación”, fundada por Mitre y dirigida por su hijo Bartolomé Mitre y Vedia (enfermos, a su vez, pero salvados posteriormente), argumentaba que “las materias putrefactas convertían los colores del agua del Riachuelo en correntadas de pus”.
Cuando la fiebre arrasó con unas veinte a veinticinco mil almas (imposible precisar las cifras ni identificarlas en su totalidad) de la población de Buenos Aires (calculada en más de cien mil), muchos habitantes ya habían escapado. La gente que poseía mansiones en el Sur, fue la que provocó con su despego el origen de barrios recoletos, tales los llamados del “Barrio Norte”. Los demás se refugiaron en el campo o en los pueblos cercanos, favorecidos por los pasajes gratis que las autoridades cedían a los pobres (más de un ladino se disfrazó de pobre para eludir el gasto); si bien, hubo provincias que restringieron la entrada por sus fronteras limítrofes. También fue grave que los familiares de sufrientes, los dejaban y huían por el terror amarillo. Así, el Dr. Guillermo Rawson, alegaba: “Yo he visto al hijo abandonado por el padre; he visto a la esposa abandonada por el esposo: he visto al hermano moribundo abandonado por el hermano...”. El ambiente se complicó con los suicidios, el aumento de los casos de neurosis y de alcoholismo, al margen de la delincuencia, siempre dispuesta a sacar beneficios de la tragedia.
Otros, en su mayor parte inmigrantes, se quedaron en los conventillos de San Telmo, principales focos de la infección, hasta que fueron desalojados y anduvieron errando por los suburbios o alquilando casuchas a precio humillante. Los enfermos llenaron los hospitales, el de Hombres (antecesor del Hospital de Clínicas) y el de Mujeres (estuvo en Esmeralda 50, donde se alzaba la Asistencia Pública; hoy, plazoleta Roberto Arlt), no dieron abasto y para cubrir plazas se levantó el Lazareto de San Roque (sitio actual del Hospital Ramos Mejía). El Hospital Italiano y la Sociedad de Beneficencia contribuyen asimismo con su atención a los atacados por la peste. El Gobierno decretó feriado nacional, se cerraron las oficinas públicas, bares, comercios, escuelas (se suspende la apertura del Colegio Nacional), teatros, iglesias, Bancos, tribunales, la Bolsa... Clausuran el puerto, la Aduana, nada de importaciones y exportaciones, se prohíbe el lavado de ropa en la ribera. El Ferrocarril del Sud (hoy, Constitución) recibía el flujo de los que partían fuera de las zonas afectadas. Por las calles solamente circulaban los coches fúnebres y cuando escasearon las reservas vehiculares, se utilizó cualquier tipo de carruaje, mateo o carros de basura, para llevar a muertos y delirantes, hacinados de tal manera que más de uno habrá sido enterrado vivo en las fosas comunes del Cementerio del Sud o estibados allí porque desaparecían los sepultureros y peones.
“La Prensa” cuenta un caso, el del señor Pittaluga, que se desvaneció bebido y fue cargado con los cadáveres. ¡Menos mal que despertó a tiempo para largarse de los despojos humanos!
¡Cuántos supuestos no habrán logrado librarse de dicha situación, al confundírselos con fallecidos!
El presidente Sarmiento y el vice Adolfo Alsina, junto con sus ministros, tuvieron que irse de Buenos Aires para preservar los mandos. El hecho fue criticado por “La Prensa”, que se expresaba sobre la cobardía de los magistrados elegidos por el pueblo.
Después de todo, siempre es necesario proteger a los gobernantes, ante el peligro de contagio o de otro mayor, porque de ocurrir lo contrario, un país puede quedar sumido en el caos. Bastante habrá soportado Sarmiento, con la guerra del Chaco, la revolución entrerriana de López Jordán, el asesinato de Urquiza y luego, la plaga que diezmaba a su pueblo; entretanto, no eludía sus funciones: la inauguración del Observatorio Astronómico de Córdoba, el Colegio Militar, la Escuela Naval, el Jardín Botánico, luego fue “la idea” del Zoológico...(donde “hubo fieras, fieras habría”), mientras arribaban los primeros profesores de ciencias contratados y seguía erigiendo escuelas, a favor de los educadores y educandos.
Oficialmente, la epidemia se inició a principios de enero, creció en febrero, durante las fiestas y candombes de Carnaval, en marzo y abril (Semana Santa) y, el contrasentido de los resultados de la liturgia: en aquel “Sábado de Gloria”, fallecieron cuatrocientos treinta y quinientas, el día pascual, incluido cuarenta sacerdotes. Tantos eran los muertos, que los dirigentes de los diarios porteños propusieron fundar la Comisión Popular de Socorro. Los convocantes fueron varios directores jóvenes (23 a 28 años): Aristóbulo del Valle, de “El Nacional”, Manuel Bilbao-“La República”-, Héctor Varela-“La Tribuna”-, José C.Paz-“La Prensa”-, Bartolomé Mitre y Vedia-“La Nación”- y el diario alemán “Freie Presse”, cuyo director fue Adolfo Korn, padre del futuro hijo y escritor, Alejandro Korn. Pronto se formalizó la Comisión en audiencia pública, integrada por los citados y por meritorias personalidades, como Roque Pérez (designado Presidente), M. Argerich, E. Y P.Gowland, Carlos Guido Spano, Francisco Uzal, Evaristo Carriego, Matías Behety, J. Viñas, Quintana, P. J. Dillon, Tomás Armstrong, Lucio V. Mansilla, A. Larroque, José María Cantilo, Florencio Ballesteros y otros. El número fue elevado, pero algunos solo se hicieron notar por sus nombres y ausencias; en cambio, los menos (de ciento sesenta médicos, apenas cincuenta se entregaron en plenitud a combatir el mal y unos doce perdieron la vida durante sus tareas profesionales y humanitarias: entre ellos, los renombrados Roque Pérez, Manuel Argerich, Florencio Ballesteros, Francisco Javier Muñiz -cirujano mayor del ejército, en la batalla de Cepeda y en la guerra con el Paraguay, vino a morir entre sus pacientes, el 8 de abril de 1871-, y el militar Lucio Norberto Mansilla (padre del autor de “Una excursión a los indios ranqueles”-Lucio V. Mansilla-).
La prensa urbana mencionó como “heroica” la acción de los médicos, enfermeros y farmacéuticos que cayeron por causa de la peste. Llegó entonces una instancia, en que la Comisión ordenó la salida de Buenos Aires de todas las personas no contagiadas y así lo hicieron los ocupados en proteger sus moradas, mientras entraba a funcionar el robo, los asesinatos y el saqueo de las casas desiertas. Había ladrones con carros o vestidos de enfermeros, que en las calles se dedicaban a despojar de ropas y pertenencias a los yacentes, cuando no lo hacían los perros vagabundos y hambrientos que se comían los cadáveres y que por las noches escarbaban en las tumbas y fosas del Cementerio. Según testigos, reinaba el espanto, el “sálvese quien pueda”, cualquier cantidad de huérfanos deambulaba dispersa y llorosa; la asistencia, no alcanzaba a todos los desventurados. Recién el 10 de abril se dictó Feriado Nacional, y Curia y Gobierno pusieron distancia del foco céntrico. No obstante, el párroco de San Nicolás de Bari, Eduardo O‘Gorman, hermano del jefe de policía, impulsó y fundó el Asilo de Huérfanos, y la Sociedad de Beneficencia se hizo cargo de la construcción.
Como aún es costumbre, junto con la desgracia surgen los aprovechadores; en tanto varios negocios quebraban y los diarios carecían de papel, con ediciones al mínimo, se notó rápido la escasez de medicamentos o se acaparaban para ofrecerlos a valores prohibitivos, ataúdes también se vendían a precios irrisorios, los carpinteros desertaban y el costo del acarreo crecía por la falta de vehículos, choferes y sepultureros, porque también varios de ellos habían huido. Y como siempre, la policía “fue desbordada”, aunque los historiadores destacaron el comportamiento ejemplar y épico de las fuerzas, en especial de su jefe Enrique O’Gorman.
En los impresos, ciertos escribanos ofrecían sus servicios para la vil compra o venta de propiedades, y cuando, prácticamente, a partir de los días finales de junio de 1871 la Epidemia se desvaneció de súbito, aparecieron los pleitos y litigios, por las sucesiones de los muertos y por los inmuebles entregados de forma dolosa a otras personas.
En “La Prensa”, el aviso de un tal Miranda, escribano público, ofrecía hacer testamentos a toda hora del día y de la noche.
Paul Groussac, recordaba y confirmaba, años después, en su libro “Los que pasaban”, que: “Gradualmente, desde mediados de marzo, el cuadro fue cobrando cada vez tintes más sombríos. El éxodo se hizo general cuando se comprobó que la fiebre no se alejaba de la costa, quedando indemnes las regiones mediterráneas... Después de los sospechosos saladeros, que de orden superior interrumpieron sus faenas, fueron cerrando sus puertas, por falta de elementos, las principales fábricas. Siguiendo a las industrias, se paralizaron las instituciones... En abril las defunciones alcanzaron el 14% de la población, y ésta, más que diezmada, había dejado de contar sus desaparecidos. Ya no eran coches fúnebres los que faltaban y tenían que suplirse con carros abiertos, sino carreros que aceptasen la espantosa tarea. Intereses, deberes, vínculos sociales y acaso carnales: todo se había destemplado y relajado en ese general menoscabo de la vida... Por centenares sucumbían los enfermos, sin médico en su dolencia, sin sacerdote en su agonía, sin plegaria en su féretro”.
¡Cuánto cristiano muerto sin confesión!, clamaba el público, y la prensa, también o tan bien, se ocupada en incomodar a los partícipes de la política nacional.
Los rieles se extendieron hacia el Oeste para llevar a los muertos en trenes a las tierras donadas de la Chacarita. Se comentó asimismo, que “fue el primer ferrocarril de la historia cuyos usuarios eran difuntos”.
Desaparecida misteriosamente la Epidemia a fines de junio de 1871, con el paso de los años el Municipio inauguró un monumento en memoria de “las víctimas caídas en cumplimiento de su deber”, cerca del Hospital Muñiz, en el parque Ameghino. Pocos saben, que bajo sus pies, y cual inaudito testigo de la catástrofe, se halla el antiguo Cementerio del Sud.
En 1872, como un alivio a la dura prueba de los vecinos porteños y para los buenos lectores, aparecen dos libros importantes de nuestra literatura: “Santos Vega”, de Hilario Ascasubi y el “Martín Fierro” de José Hernández; sin embargo, nadie esperaba una nueva mala noticia: el incendio y naufragio del vapor “América” y el heroísmo de Luis Viale, pero... esta es otra historia.
Libros sobre el tema
“Bajo el horror de la Epidemia” (Bs.As.-1832), por Ismael Bucich Escobar
“Los que pasaban” (Bs.As.-1919), por Paul Groussac (1848-1929)
“La peste histórica de 1871” (Paraná-E.Ríos-1949-) Leandro Ruiz Moreno, nieto del médico que murió atendiendo a los enfermos.
“The Plague of 1871”, de T.E. Ash (1829), médico y físico inglés.
“La Plague...” decía: “La tristeza y la desolación reinaban en toda la ciudad... De casi todas las puertas colgaba un trozo de crespón... El sol brillaba fuertemente, pero el aire estaba pesado, con el olor de la muerte...”
Los despachos telegráficos que se cruzaban Robert C. Kirk (ministro de Estados Unidos en Buenos Aires) y Hamilton Fish (ministro de Asuntos Extranjeros en Nueva York), hablaban por sí: La fiebre amarilla en Buenos Aires causa hasta doscientas muertes por día... La población presa del pánico... Las calles casi desiertas... Los mensajes casi suspendidos... El correo demorado...
Testigo invalorable: Mardoqueo Navarro fue un testigo viviente del doloroso acontecimiento e hizo un pormenorizado relato diario durante los primeros meses de 1871, con el número de muertos, accidentes e incidentes que provocaba la tragedia. El texto apareció luego en el desaparecido diario “La República” y permaneció en el olvido, hasta que fue publicado (abril de 1894) en los “Anales del Departamento Nacional de Higiene” nº l5- año IV. Medio siglo después, el profesor de enfermedades infecciosas de la Facultad de Medicina de Buenos Aires, Dr. Carlos Gandolfo lo rescató nuevamente para una conferencia, la que fue impresa en “Publicaciones de la Cátedra de Historia de la Medicina”-Tomo III - año 1940.
Diario: BOLETIN DE LA EPIDEMIA- Bs.As- el primer número salió el martes 28 de marzo de 1871. Abajo del título, anunciaba: “sale todos los días a las 2 de la tarde” (sic) - Editores J.P. Albarracín y J.Güemes, calle Belgrano 128.-- Dividía su editorial en dos columnas. La dirigida al público, decía: “Cuando un diario nace, se desea una larga vida... Y de forma premonitoria: “ Nosotros, al contrario, lo decíamos con sinceridad, deseamos la muerte temprana porque siendo este un diario de circunstancia, su muerte indicará la conclusión de la epidemia”.
La parte dirigida a los “Médicos”, arremetía contra los médicos parroquiales y la Comisión Popular de Socorros contra la Fiebre Amarilla, porque la mayoría de sus integrantes se excusaba de asistir a las reuniones y se iban al campo, y los pocos, entregaban su vida a los infectados.
Definitivamente, los escritores argentinos y extranjeros que se ocuparon de la biografía completa de Domingo Faustino Sarmiento, desde Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas, pasando por M. Gálvez, A. Palcos, del Carril, Montt, Ellison Willians Bunkley (de New Jersey) y otros, de diversas nacionalidades, no omitieron la cita (con pocas o muchas palabras) del período lacerante y angustioso, que pasaron los habitantes en 1871, con los estragos de la Fiebre Amarilla durante el gobierno del Sanjuanino.
Curioso hecho: el 8 de diciembre de 1871, el pintor uruguayo Juan Manuel Blanes (1830-1901) expuso en una sala del Teatro Colón viejo, la tela al óleo, titulada: “Episodio de la Fiebre Amarilla”, basado en un hecho real descubierto en un conventillo. La obra, muy criticada, tuvo sus idas y venidas, por el interés de funcionarios locales en comprarla o no; pero finalmente, el cuadro quedó en el Museo de Montevideo.
Muchos consideraron el trabajo como “fotográfico”, pues el drama sucedió en la calle Esmeralda nº (antiguo) 384, el 18 de marzo de 1871, donde, con las puertas abiertas de la casa y a la madrugada, un sereno halló el cadáver de la inmigrante italiana Ana Bristiani y a su criatura de cuatro meses, mamando aún de su pecho. Denunciado el caso, acudieron los doctores Roque Pérez y Manuel Argerich, y llevaron el bebé a la Casa de Expósitos. (¿Cuál habrá sido el destino de aquel ser inocente, se salvó, creció y...? No lo sabemos.)
El diario La Nación citó el hecho como otro de los temas desgarradores de la Epidemia y el famoso cuadro de Blanes tuvo sus sinsabores al retratar a los dos médicos y a las víctimas en el mismo zaguán. Tanto Bucich Escobar y Ruiz Moreno, confirmaron el insólito episodio en sus libros y también, el parte del comisario Lisandro Suárez de la sección 14, al jefe de policía Enrique O‘Gorman.
Autor:
Omar Nestor De Napoli